Que el sector de la gastronomía está en auge es un hecho que nadie puede negar, son decenas los locales que se abren mensualmente en Madrid, a cada cual más original, todos ellos buscando un punto de diferenciación sin dejar de estar a la última en tendencias tanto decorativas como gastronómicas.

La parte “negativa” de este movimiento es que corremos el riesgo de perder la autenticidad de los locales clásicos y castizos, esos “de toda la vida” que vieron crecer la ciudad y donde nuestros abuelos ya tomaban su vermut antes de comer. Cada vez son menos los locales que quedan así, unos porque sus dueños ya son mayores y otros porque los remodelan para adaptarlos a los nuevos tiempos y lo que queda de sus orígenes es, al final, el recuerdo.

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Afortunadamente aún hay jóvenes emprendedores que piensan que conservar nuestras raíces y apostar por lo auténticamente castizo es una inversión con posibilidades, y lo intentan con ganas, esfuerzo y, finalmente, con éxito. Es el caso de los hermanos Zamora, Lucía y Carlos, originarios de Cantabria, que después de reinventar una de las tabernas con más historia de Madrid, La Carmencita, han decidido lanzarse con otro local en Chueca, el antiguo Bar Arguelles, uno de esos “del barrio de toda la vida”, ahora rebautizado como La tasca de Celso y Manolo, en honor a sus antiguos propietarios.

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La Tasca de Celso y Manolo no es un local enorme, aunque nada más entrar te topas con una barra de marmol de 8 metros de ancho, que te está hablando de cuales son los orígenes del local. ¡Madríd, Madrid, Madrid…!

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La decoración es sencilla y la iluminación tenue, aparte de los taburetes que tienen en la barra (donde se sienta a comer mucha gente a diario, aunque haya mesas vacías), tienen un pequeño comedor interior con tres mesas, un poco más íntimo, aunque Raquel, la encargada del local, nos dice que la gente suele preferir la zona principal, donde está el jaleo, es un local que invita a vivir el vermut y el tapeo de pie, conversando con los amigos.

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Llama la atención que en la barra tienen preparadas un montón de copas para servir el vermut, y es que según nos dice Raquel, incluso entre semana los visita mucha gente antes de comer para tomarse una copa de ese vermut artesanal que tienen ellos, traído de una empresa de Tarragona, y que más tarde comprobaremos lo realmente rico que estaba.

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La carta es extensa y tienen de todo, pero no por ello es genérica, sino que tiene su propia personalidad, platos cada uno con ese toque personal que hacen de la carta algo único.

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Antes de pedir la comida, no pudimos resistirnos a probar ese vermut tan rico del que nos habían hablado, así que yo me pedí un Vermut Castell de Siurana y para David una copa de tinto, un A dos tiempos, de Madrid. Os recomendamos encarecidamente que, si sois de vermut, probéis este porque no tiene nada que ver con otros más empalagosos y dulzones que sirven por ahí, una delicia.

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Como os decíamos, la carta era extensa, nosotros teníamos claro uno de los platos que íbamos a pedir, pero del resto… ni idea. Así que, fieles a nuestra costumbre, nos fiamos de Raquel y le pedimos que nos sirviese aquellos platos más representativos del local. Empezamos con el que teníamos claro, un Chuletón de tomate de huesca con 6 cosas ricas: aguacate, papaya, cebolla, mango, cilantro y aceite de oliva.

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Podemos definir este plato con una sola palabra: sorprendente. Y digo sorprendente porque estamos hablando de un pedazo de tomate con una preparación tan deliciosa como el sabor que tiene: cortad un trocito de tomate bien aliñado y después pinchad un taquito de mango, otro de papaya, algo de tomate seco y “p’adentro”… una maravilla. Ya os adelanto que fue mi favorito de la comida.

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No nos queremos olvidar de Patricia, que es quien está detrás de la barra preparando los platos fríos, y es quien monta con cuidado esta pequeña escultura sobre el tomate, uno se queda atontado mirando la delicadeza y el cuidado con el que lo hace.

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Por cierto, en todo momento estuvo sonando una música muy agradable, canciones de jazz, soul, swing, música de los años 50, etc… todo muy bien escogido, un trabajo de Ilana Ospina, ambientadora musical para restaurantes.

De segundo, Raquel nos trajo unas Rabas de calamar y unas Croquetas de pasas, bacalao, piñones y espinacas, medias raciones las dos. Las ravas estaban muy buenas, nada aceitosas, tiernas y con mucho sabor, se notaba un producto de calidad, y las croquetas estaban también muy ricas, cremosas por dentro y crujientes por fuera, de nuevo sin excesos de aceite.

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Enseguida vino algo que nos pedimos “por curiosidad”, dos Anchoas XXL de Laredo. Este es un plato con el que tenemos un pequeño debate interno, porque la calidad de las anchoas era muy buena y estamos seguros de que hará las delicias de los amantes de este pescado, pero a nosotros no nos compensó su precio. Son, desde luego, para ser saboreadas y disfrutadas con calma.

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El siguiente plato que nos eligió Raquel fue uno de sus arroces anárquicos, un Arroz campero con chorizo, jamón, osobuco, churrasco y pimiento. Un pedazo de arroz de esos que recuerdan a los platos de montaña, consistentes, con mucho sabor y muy, muy bien hecho. Yo personalmente no soy muy de arroces, pero este me recordó a los platos que comía de pequeño en el pueblo, esos hechos con paciencia, y mucho mimo por las abuelas, no dejamos ni un grano.

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Llegados a este punto, Raquel tuvo la amabilidad de servirnos dos copas de un vino tinto que no conocíamos, Barranco Oscuro BO2, de un pequeño productor de la sierra de Granada, que hace este vino de forma completamente artesanal y natural, y que consigue un producto que para nosotros, además de delicioso, resultó muy complejo en boca. Es difícil describirlo, tenía muchos aromas, un fondo muy largo y sin embargo era un vino ligero. Este lo anotamos en nuestra lista de favoritos.

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Era el turno del pescado, un Atún rojo a la plancha acompañado de salsa hecha con aguacate, mango, aceite y unos tomatitos cherry confitados con jengibre que estaban para caerse de espaldas. Y aún con este acompañamiento tan original, creemos que la calidad del atún era tan buena que por sí solo hubiese sido un plato disfrutable a tope… ¡qué rico estaba!.

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Quedaba solo el último plato antes de los postres, y como le pedimos a Raquel probar de todo un poco, nos trajo una carne, Taquitos de chuletón de Cantabria, con patatas rejilla caseras. Os prometo que he empezado a escribir este post después de cenar, pero es que pensando en este chuletón estoy salivando de nuevo, era algo espectacular.

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Bien hecho por fuera, rojo por dentro (pero sin sangre), con sal maldon para potenciar su sabor, esta carne era un regalo para el paladar: sabrosa, jugosa, tierna… ¡lo tenía todo! Lo sentimos por las patatas rejilla, estaban buenas, pero no le hacían ninguna falta. Un 10.

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Y por último, llegamos al turno de los postres, nos pedimos una Crema catalana y una Copa de dos chocolates. Los dos estaban muy buenos, a David le gustó más el segundo, dos chocolates que no se hacían nada pesados ni empalagosos, tenían el punto muy bien cogido. Yo me quedo con la crema catalana, con una textura cremosa y una capa generosa de azúcar caramelizado por encima que casi hubo que coger la espátula para romperla.

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Terminamos muy satisfechos una comida que podría resumirse en que probamos producto de calidad con elaboraciones aparentemente sencillas pero todas ellas con un toque personal que les aportaba esa nota de color a cada uno de los platos. Salimos a 37 Euros por cabeza, aunque hay que tener en cuenta que probamos de todo, un ticket medio puede quedarse en unos 25/30 Euros por persona.

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Un nuevo local en Madrid a tener MUY en cuenta.

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Calle de la Libertad, 1

915 31 80 79

PD: Y recordad lo que os pedimos siempre, si os pasáis por allí, comentadles que los habéis conocido a través de nuestra web y nos estaréis echando un cable para que los locales confíen en nuestro proyecto. ¡Gracias!

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Sobre El Autor

Juanda

Millonario de vocación, soy fotógrafo de profesión para guardar las apariencias, aspirante a profesor para parecer un tipo más interesante y amante del misterio para crear incertidumbre. Licenciado en comunicación y especializado en guión de cine, he escrito y dirigido cortometrajes, impartido cursos de audiovisuales, currela en un taller de soldadura (la pela es la pela) e incluso recepcionista de hotel, pero lo que más me flipa en esta vida es hacer fotos y el buen yantar.

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